...Dos células cualquiera, apretándose, dándose toda esa energía hecha sudor. Así actuaban nuestras células. Tan inadvertidas, formando nuevos mundos, mares, de corrientes de siglos inversos, de objetivos conversos. Mirar a ciegas, pensar, mentir. Le había mentido tanto a ella. Conocía tanto y tan poco mi. Un puñado de muchas cosas llovidas antes que ella. Una vuelta a empezar corrosiva. Tantas noches lloradas. Tantas esquizofrenias despreciadas. Tantos engaños para llamar la atención. Tantos parecidos aplazados que a partir de ese momento iban a empezar a llamar a la puerta. A las puertas. La puerta del padre, la puerta de la madre, la puerta de todos los muertos. Santos todos. Aquella ciudad isleña, que tan bien me hacía. Me
recibía todos los días con aquel cielo azul de
recién llegado. Cada mañana si el pan con o sin
matalauva y yo que no entiendo la pregunta. Cada día sentirse como si acabara de bajarme, como si pudiera seguir aplazando la niñez que me robaron. Que se llevaron aquella noche negra tantas veces no soñada, pero constante en su ausencia, en su persistente ánimo de destrucción. No existe ni existirá consuelo para ese niño que no lloró. Que fue tan valiente que supo esperar a que todo se le viniera encima a plazos. Y pagar, bien caro, el desmontaje de aquella casa. Ahora con el odio por bandera, con lo poco que aún sólo yo se de mi. En los días sucesivos me pusieron en tratamiento, el del viaje a ninguna parte, el de olvidarlo todo sólo por no estar. La esperanza en la expectativa y luego llegar y que no ocurra nada y volver a salir disparado hacia otro sitio, menos distante, igual de lejano, para mirar por las ventanillas, como todos los demás. Los que tienen certezas viajeras. Los que creen que tienen algo que hacer allí dónde van. Solo puedo agarrarme a esas ideas mientras esté en el viaje. Luego todos se bajan, se dispersan, se desvanece la conciencia ajena y sus historias
distintas y la
mía me deja solo. Agarro las maletas lo antes posible y salir corriendo a cubierto, a sentarme en otro
banquito por poco tiempo a esperar otro viaje sin viento. Y así pasa los días el
ezquizofrénico práctico, muy técnico en la ejecución.
Tocaba ir a comer, allí no habían despertadores, ni entraba luz por las ventanas, ni nadie que te avisara que hacía más de 6 horas que se había hecho de día. Te encontrabas a alguien en el pasillo, al principio una sobra redondeada, con un aura visible. A medida que te ibas acercando se iban enfocando el pelo, las gafas, la bata blanca y los
zuecos blancos con suela de madera y un sinfín de
agujeritos negros
traspirantes. Me indicó más o menos donde estaba el comedor y
allí me senté. Pronto o un poco después
alguien me sirvió en una bandeja de acero inoxidable una lasaña verde
también en bandeja inoxidable y vaso de plástico vacío para ir a la fuente. No existía el cristal. Cómo se
echan de menos algunas cosas cuando te las quitan de golpe. La libertad por ejemplo. Luego echar de menos el cautiverio, porque esa es nuestra naturaleza. Era cómodo dejarse fluir en aquellas circunstancias. Salían las lágrimas sin
ningún problema, tenia que esconderlas en el lavabo, aunque entrara
algún tipo con marcas en la cabeza a pronunciar un discurso desagradable con la lengua pastosa, como si hubiera aprendido a hablar después de quedarse mudo. Creo que se
refería a mi pelo. Todo daba vueltas, aquel espejo dejaba ver mi pose más bella en el momento en que no
podía retener las
lágrimas por más que lo intentaba,
caían solas. En ese tipo de instalaciones el agua sale a gran presión por el grifo. La tocaba solo por constatar y contrastar realidades. Una, la de estar allí adentro, dos, la que se
veía por fuera, más allá de las rejas. Paseaban
mujeres a la hora de hacer la compra, con sus
carritos llenos de frutas y verduras ajenas a la planta invernadero. Una noche en el
paraíso, quiero volver
ahi, todo estaba tan justificado. Daba tanto sentido a mi vida.
Me recuerdo sentado ahí mismo, en el suelo, apoyado en esa pared, ahora ya no
podría hacerlo porque hay un radiador. En los cementerios también pasa eso, unos muertos velan a otros como si no fueran el mismo. No me creo que todos formemos parte de un todo. Todos los mares el mar, pero no todos los hombres el hombre, ni se si mi padre fue o no diplomático y explicarles a ustedes esto es casi una tarea humanitaria. Un sentimiento ambiental en un cubo de realidad fantástico cuyo manual de instrucciones se trascribe a continuación:
"Felicidades! Acaba usted de adquirir un Cubo de Realidad Fantástico, deseamos que disfrute de él y le agradecemos la confianza que ha depositado en nosotros. Este producto ha sido diseñado y fabricado bajo los más estrictos controles de calidad y su funcionamiento ha sido probado en las condiciones más adversas sin que se haya visto alterado su rendimiento. Posee una tecnología única en el mundo y le garantizamos que le proporcionará grandes momentos de placer mientras dure su imaginación*. (*Imaginación no incluida)
Se suministra un cubo de cristal imperfecto, no hay dos iguales, con unos dos centímetros de grosor. Sirve para abstraer realidades, se puede utilizar en
cualquier momento y lugar solo es necesario levantar el cubo y con él una sección de la realidad que se esta viviendo, pero tiene unas reglas: Todo aquello que quiera observarse debe ser real y
pertenecer a un espacio y un tiempo concretos, de alguna manera va usted a detener el tiempo y modificar algunas de las
características ambientales del momento, pero no puede manipularlas todas. Las personas que intervengan en la escena no pueden ser borradas o cambiadas, eso si, como la extracción es a voluntad puede dejarse fuera del cubo a quien no nos convenga en el experimento. Lo que pasa, lo que se dice, lo que se piensa debe también permanecer inalterado.
Únicamente se pueden modificar las condiciones ambientales, aunque con ingenio e inteligencia esto puede ser muy poderoso. También se puede crear un sentimiento ambiental, un concepto emocional que dependerá en gran medida de la profundidad del registro sentimental del operante. Por ejemplo es
fácil pensar en un sentimiento ambiental de melancolía, pero
introducir otro tipo de nociones como amor, no resultará tarea fácil. Se puede contar para ello con la
transformación de la
ambientalidad prosaica: viento, lluvia, sol, nubes, árboles que se caen, gatos que corren a cubierto, etc. Recuerde: las personas, el suelo que se pisa y la localización del lugar son reales, no podrá modificarlas. Y hay otra regla,la más importante, es solo para locos, no todos pueden verlo ni jugar con él."
Andaba yo tan divertido con mi Cubo que apenas
podía caminar por la calle sin hacer continuas abstracciones, me tomaba todo el tiempo e incluso hablaba con aquel artilugio de cristal, lo sacaba en todas partes, en el autobús, en el metro, incluso lo hacia funcionar detenido en los semáforos. A veces me cruzaba con
algún conductor que sí
podía verlo y entonces éste se quedaba detenido, embobado mirando como el cubo le hacía guiños de realidad fantástica...